Durante la marcha en defensa de la educación universitaria y en la concentración del Día Internacional de los Trabajadores, los trabajadores del Subte y Premetro estuvieron presente.
Cinco, diez, veinte cuadras a la redonda del punto de convocatoria hay filas de personas caminando buscando una estación de subte abierta o una parada donde los colectivos, atestados de gente, paren. La desconcentración es lenta. En una de esas esquinas, en Independencia y Santiago del Estero, a metros de la UADE, una mano arroja algo a un tacho de basura de la municipalidad. Empieza a salir humo del tacho gris. No se ven llamas pero el humo, ondulante, es incesante. De una de las mesas del bar de esa esquina, una chica se levanta. Pudo haber estado en la marcha como también puede que probablemente haya cursado en la UADE y esté terminando su día tomando una cerveza artesanal con sus amigos. En definitiva, es una chica cualquiera que está tomando una cerveza en un bar, bien vestida, con sus amigos y que ante esa escena se levanta. Se dirige al tacho. El humo molesta pero tantea con la mirada. Le alcanza para meter la mano y sacar lo que podía ser un principio de incendio y de vandalismo en una jornada histórica y pacífica. Lo apaga. Vuelve a su mesa, con sus amigos, para hablar de parciales o de lo difícil que va a ser la vuelta a casa.
Pudo haberse quedado en su mesa, mirando, grabando con su celular. Primó otra cosa. Cuando estamos juntos podemos ser mejores. Fue una jornada diferente a lo que el pueblo viene padeciendo. Días previos, el gobierno advirtió con aplicar el protocolo antipiquetes. Un día antes hubo cadena nacional. Todo eso fue barrido por la multitud que salió a la calle por el presupuesto de las universidades nacionales. Son 2,2 millones de personas las que asisten a esas instituciones. El gobierno se alzó sobre esos alumnos que ven en la universidad pública, gratuidad y de calidad un futuro posible. En la calle, el gobierno, perdió ese round.
En esa multitud se movilizaron decenas de compañeros y compañeras del subte que desde temprano concentraron en Avenida de Mayo. Desde que empezó este gobierno y con él una ofensiva directa contra los sectores trabajadores, el subte y el premetro salió a la calle cada vez que el pueblo lo hizo. Primero en diciembre, a Tribunales. También en el temprano paro de enero, que tuvo movilización. Siguió el Paro Internacional Feminista, el 24 de marzo y llegó la marcha en contra del recorte al presupuesto universitario. En ninguna el gobierno pudo aplicar, como anunció Patricia Bullrich que iba a hacer, el protocolo antipiquetes. La motosierra, a veces, está oxidada. Prematuro para decretar el fin de algo, suficiente para afirmar que cuando el salimos todos juntos, no hay protocolo de seguridad que valga. En cada una de estas el subte estuvo presente. Lo mismo este Día Internacional de los Trabajadores.
Hace 138 años, en la ciudad estadounidense de Chicago, condenaban injustamente a ocho obreros. Eran trabajadores que reclamaban por reducir la jornada laboral a 8 horas. En ese momento, en las fábricas, la jornada de trabajo podía llegar hasta las 16 horas. Pasaron a la historia como Los Mártires de Chicago y los recordamos marchando por Buenos Aires este 1ero de mayo. Vale la pena mencionar sus nombres: Schwab, Lingg, Fisher, Fielden, Parsons, Spies, Neebe, Engel. Mas aún, vale recordar las últimas palabras de Engel antes de su condena a muerte:
¿En qué consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientas unos amontonan millones otros caen en la degradación y en la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizados en beneficio de todos. Sus leyes están en oposición con las de la naturaleza y mediante ellas roban a las masas del pueblo el derecho a la vida, a la libertad y al bienestar. No combato individualmente a los capitalistas. Combato el sistema que produce sus privilegios. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quienes son sus enemigos y quienes son sus amigos. Todo lo demás merece mi desprecio
Por Santiago Lecuna